El cerebro no percibe la luz, el sonido, el calor, el tacto, el gusto o el olor. Sólo recibe impulsos neuronales de los órganos sensoriales. Así, el cerebro no “ve la luz”, “oye los sonidos”, etc.; sólo puede percibir “esta estimulación en este punto de mi cuerpo”. La consecuencia práctica es que todas las percepciones, por no hablar de los “pensamientos”, son deducciones de los estímulos sensoriales. No pueden ser de otra manera. Por tanto, todas las observaciones son en parte función del observador. Esta situación hace que la objetividad completa sea imposible en principio (Heinz Von Foerster, “On Constructing a Reality.”).